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El Amor Hacia los Hijos del Divorcio

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EL ORIGEN DE LOS HIJOS DEL DIVORCIO.

No es fácil definir la vida que les toca -o tocará- vivir a los Hijos del Divorcio. Para intentar entender, no las causas que originaron la ruptura, sino las consecuencias que recaen sobre los hijos, será necesario analizar la trascendencia que cada uno de los participantes otorga al problema de la separación y cual es el rol que siente debe defender.


Sabido es que la autoridad sobre los hijos la tienen los progenitores mientras el vínculo doméstico existe sin fisuras. Cuando la ruptura se produce, los frutos del amor sexual desaparecen del interés de los padres que centran su atención en lograr emerger del drama libres de culpabilidad -como si hubieran sido extraños a la pareja- y lograr la mejor porción en la distribución de bienes adquiridos en conjunto y secundariamente la tenencia de los hijos porque ellos implicarán trabajo, esfuerzo, responsabilidades y pérdida de libertad y esos costos los debe pagar quién quede desacreditado como culpable.


Para ello se exhibe en primer término la imagen de los niños, como que deben ser protegidos del desamparo, pero en realidad lo que se busca es utilizarlos como recurso para obtener los mejores resultados a favor.
En realidad si lo que quisieran es proteger a los chicos, no habrían pensado en separarse, sino mejorar la relación mientras se estaba a tiempo y por el bienestar no solo de los menores que trajeron al mundo sino de ellos mismos como pareja.


Pero, ¿Si los integrantes de una pareja reconocen tardíamente el error de haberse unido y desean una separación, porqué hacerla tan dramática? ¡Para justificar errores cometidos pero no asumidos! ¿Alguno acepta su parte en el problema? ¡Ninguno! ¡Porque ninguno siente ser culpable e inversamente señalan al otro como causante de la ruptura!
Lo que no hacen es aceptar la parte de error o defecto que les corresponde porque, supuestamente, ambos pusieron lo suyo para que las cosas llegaran al fracaso. ¿Dónde podemos buscar las primeras razones del fracaso? ¡En las formas de ser de cada uno!


Generalmente los primeros síntomas se podrían haber notado durante el noviazgo mientras los intereses desencontrados de uno u otro eran irremediablemente sofocados, aunque dejaran amarguras o sinsabores. Ambos estaban participando del peligroso juego de Sometedor o Sometido. ¡Ese era el momento de la separación! ¿Por qué no ocurrió?
Para cualquiera de los dos, aceptar en aquellos días el fracaso de la incipiente relación podía ser vergonzoso ante la familia al demostrar debilidad, inexperiencia o simplemente inmadurez. Pero ambos tenían necesidades afectivas, sexuales o sociales a proteger que los impulsaban a negar los problemas permanentes que en ése momento podían solucionarse con menores consecuencias, enfrentando la verdad sobre las diferencias entre ambos.


¡Ese era el momento de la separación! ¿Por qué no ocurrió? Por una multiplicidad de causas posibles de explicar pero no de aceptar con facilidad.
Partamos de la razón de saber que el hombre y la mujer son seres sociales por naturaleza y que, al madurar, las necesidades de socializar o procrear organizan sus conductas hacia la formación de pareja. Para realizar esos supuestos cada uno utiliza los conocimientos adquiridos hasta el momento. Esos conocimientos básicos o mínimos se denominan “Cultura” y estarán a favor o en contra de la pareja, según se los utilice.


PADRES NEURÓTICOS FORMARÁN HIJOS DISCAPACITADOS.

La Cultura, es esa Constante en Valores de Respuesta que da perdurabilidad a los grupos humanos organizados cuando hacen, dicen, piensan porque acumuló formas de Ser, Hacer y Compartir en su memoria social y que define los rasgos de su personalidad mientras la realiza.

En términos más simples se tata de la cantidad y calidad de los conocimientos, sentimientos o acciones que cada persona utiliza mientras desarrolla sus actividades en sociedad.

Para entender el valor de la Cultura, incidiendo en la formación o deformación de una pareja y posterior transmisión de los beneficios o tribulaciones hacia los hijos, imaginemos un hombre nacido en una pequeña localidad rural del interior del país y que, queriendo ampliar sus horizontes se traslada a un centro urbano multitudinario donde fija su residencia.
Allí, deberá adaptarse a las costumbres urbanas locales a fin de lograr confort en su calidad de vida. Para ello deberá modificar algunas costumbres o formas de ser que eran lógicas y naturales, con las personas con las cuales convivió durante muchos años, como la cercanía de parientes o amigos con los cuales intercambiaba intimidad o compañerismo y que ahora no tendrá con quién o quienes hacerlo en su nuevo domicilio, hasta que logre establecer nuevos vínculos.

Ese pasaje desde una cultura donde se formó, a una nueva a la cual se desea pertenecer es lo que los antropólogos denominan Transculturación.

En ese centro urbano conoce a una mujer nacida y criada en medio de los rascacielos y las calles pavimentadas, que no necesita modificar su vida porque se encuentra en el lugar en el cual se moldeó su personalidad familiar y social.
Con el tiempo deciden formar una pareja, debiendo ambos aportar a ella los conocimientos y habilidades que cada uno incorporó durante su vida. Serán dos personas -con distintas iniciativas, expectativas, conocimientos, formas de pensar y sentir- abocadas a la tarea de Crear una Tercera Modalidad que los enlace, los fusione y que se ajuste a lo que ambos suponen que es fácil: “Formar una Pareja Estable”.
Deberán buscar y encontrar un equilibrio entre el dar y recibir necesario para que ese juego sea armonioso, proporcional, placentero en ambas direcciones. Si esto no ocurre, ese hombre y esa mujer están creando una unión no solo exenta de afecto sino, más bien apoyada en necesidades sexuales, sociales o económicas que uno o ambos pueden estar necesitando solucionar.

Con el tiempo, cuando esas carencias se encuentren satisfechas, la tendencia al rechazo mutuo aparecerá porque cada uno deseará volver a las costumbres o modos de ser originales, como una manera de obtener su propio espacio de opinión en la pareja. Será una puja diaria por cuestiones de Poder o de Imponer al Otro lo que cada uno supone que es lo mejor. Las discusiones serán más comunes que el buen llevar y comenzarán a formar parte del vínculo conyugal frustrante que lentamente quedará desnutrido y sin resolver.

Si para esa época ya nacieron los hijos, el malestar instalado en la pareja para comunicarse será también dirigido hacia los hijos que serán hostilizados sin razón aparente. La frustración diaria se transformará en neurosis y ésta en Neurosis de Conducta por lo tanto, carecerá de afectividad, equilibrio, madurez, deseo de integración o lo que es peor comienza a dejar a los hijos sin padres.

Las acusaciones serán una constante y siempre tratarán de defender lo indefendible: Las razones equivocadas que cada una de las partes expone, para imponer su verdad.
Lo que sí es cierto es que cada miembro de la pareja tiene una parte de culpa en los sucesos pero también que, cuando se perdió la cordura, las discusiones buscarán culpar al otro, más que buscar una solución.

En esas condiciones estaremos frente a una pareja enferma que, ciega de objetivos que respondan a la crianza de los hijos, solo buscan aplastar a su oponente sin tener en cuenta a los pequeños que engendraron. No se tiene en cuenta los males que pueden acarrearles y que pueden llevar toda una vida salir de ellos.
Pero el problema no termina allí. ¡No, recién empieza! ¿Por qué? Porque con el tiempo el hombre o la mujer, cansados lidiar con tantos problemas, buscarán otras relaciones que serán las que impulsen al derrumbe de la familia: La Separación o el Divorcio, cuando no la violencia física o la muerte.

Nuevos problemas para los chicos que ya, temerosos de vivir tanta discordia entre los padres comienzan a tener dificultades de aprendizaje o trastornos de conducta en la escuela o hermanos.


¿QUE SON: HIJOS, PRISIONEROS O REHENES?

Estábamos desarrollando el tema de las complicaciones que repercuten en los niños a partir de la separación o divorcio de los padres.

Aunque la ruptura entre el hombre y la mujer sea acordada, y sin agravios, la ausencia permanente de uno de ellos, desorganizará las costumbres familiares. Desconsuelo, amargura, inseguridad, tristeza serán algunos de los acompañantes diarios para muchos luego del quiebre. Familiares cercanos o amigos, con lazos afectivos auténticos con los divorciados, observarán impotentes una ruptura sin regreso.

Si la pareja que se divorcia o sus parientes, soportan con angustia el largo camino del alejamiento definitivo ¿Cómo cree que los niños asumirán el drama de ser despojados de una parte de la familia o del bienestar de tener mamá y papá en un solo lugar? ¿Alguno de esos padres pensó en la congoja, la angustia, la tristeza de los menores cuando deban asumir que serán Hijos de Padres Divorciados? ¿Alguna vez les pidieron una opinión sobre el tema de la separación, como si su palabra fuera importante? ¿Los padres, que solo piensan en su propio problema, tuvieron en cuenta la repercusión social que sus hijos deberán soportar de sus compañeros de aula? ¿Sabían que algunos padres no separados, instan a sus hijos a no socializar con compañeros cuyos padres si lo están? ¿Sabían que los niños muy pocas veces pueden verbalizar o explicar qué sienten ellos sobre esos sucesos dramáticos pero que, las angustias que soportan suelen disminuir sus defensas orgánicas naturales quedando sensibles para el contagio de enfermedades?

¡No nadie preguntó nada, ni quieren escuchar nada! Los hijos en estos casos solo son rehenes de la lucha entre sus padres que, en algunos casos, están influidos por sus familiares más cercanos poco neutrales en la controversia y sin aportar nada a favor de los menores que deberán soportar las consecuencias. Esto es aún peor por cuanto obligan a los chicos a tomar partido por uno u otro.

El desalojo del padre querido se transforma en condena a muerte, en ejecución del desfavorecido especialmente si el niño -o los niños- mantenían una fuerte identificación con el padre eliminado cuya expulsión puede producir trastornos de conducta muy severos y de pronóstico incierto.

REPERCUSIONES PSICOLÓGICAS.

Pero no solo habrá repercusiones sociales. Desde el punto de vista psicológico la personalidad del infante puede resentirse tanto como para afectar su salud física. Los registros de urgencia en los hospitales pueden dar cifras de chicos que llegan con trastornos orgánicos fantasmas que son el resultado de las angustias frente a la separación de sus padres.

Los pediatras oyen a las madres quejarse de que su niño que acababa de dejar los pañales nuevamente se orine o que tenga pavores nocturnos (sueños que asustan) o que se pongan agresivos o en casa están acostados todo el día etc. También le escuchan decir, durante el proceso de separación, que no pueden amamantar por haberse quedado sin el alimento natural para el bebé. Los problemas que se presentan en los menores (o los adultos) pueden ser variados y no es cuestión de edad sino de carga de angustia.

Ser una personita con algunos años de vida no implica estar vacunado contra los resultados de la ruptura. Tampoco están a cubierto los preadolescentes o los adolescentes que suelen tener imprevistamente comportamientos discordantes, misteriosos o comenzar el uso de tabaco o unirse a grupos de de amigos de edades similares para consumir droga o alcohol.

Lo explicado pareciera una exageración. No lo es. Cuando se rompe la estructura familiar, los chicos que están identificados con ambos padres pierden una o las dos imágenes que les dieron sustento durante el crecimiento y desarrollo. Abogados de familia, jueces, pediatras, médicos en general o psicólogos conocen de cerca el drama de los que quedan sin el soporte afectivo o la contención, que proporcionaba la familia quebrada.

Durante el proceso de crecimiento, la pareja de padres es la que proporciona las bases sobre las cuales se fundará la personalidad del niño como adulto. A través de Ellos aprenderá a leer el presente y organizar el futuro para integrarse a la sociedad. Cuando esa manera de ir leyendo el mundo que los rodea se desmorona, es posible que aparezcan tendencias a repetir el error de sus padres. ¿Por qué? Porque los niños no juzgan la conducta de sus progenitores, solo se limitan a copiarlas porque parten de que: “Si ellos lo hacen está bien, por tanto, Yo lo puedo repetir”.

¿De donde nace esa forma consciente o inconsciente de repetición? De nacer débiles y dependientes y sin recursos propios para supervivir.

El cuerpo frágil del recién nacido es inmaduro, en todo sentido y debe ser atendido en sus necesidades primarias como alimentación, protección, afectividad. Crecer y llegar a adquirir condiciones que le permitan tomar decisiones personales le tomará de diez a quince años o más, según sean los primeros pasos obtenidos dentro de la familia. Será el derecho a ejercer la Patria Potestad que las leyes, la cultura y la sociedad otorgan a los padres desde el nacimiento, la fuente de recursos que el niño recibirá y orientarán su futuro. Serán ellos quienes organicen dirijan, desde la época de los pañales, a quienes serán sus sucesores o sus herederos. De ésa manera las costumbres de los padres lentamente penetrarán en la memoria de los hijos y serán éstas las bases dentro de las cuales al llegar a adulto, ese niño, tomará decisiones.

Si el niño crece dentro de un ambiente familiar donde padre y madre ocupan sus roles cuando se dirige, apoya, contiene, lo más probable que ése niño convertido en adulto repita beneficiosamente lo aprendido de sus progenitores, hacia sus propios descendientes. Tiene más ventajas que otros para ser una persona feliz. De lo contrario necesitará ayuda externa para aceptar la separación de sus padres, aunque él sea adulto se hubiera casado y tenga hijos.

Doctor Lebón

Escrito por doctor lebon - sintrovador@yahoo.com.ar - Visita Sitio Web
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