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El amor y la sexualidad en el matrimonio.

Ya hemos dicho que existen distintos tipos de amor. La forma más alta de amor consiste en la autodonación de la propia persona (regalar mi vida al otro). El matrimonio es uno de los caminos en que es posible realizar la entrega de uno mismo, ya que es la institución del compromiso total entre un hombre y una mujer para hacer efectiva la mutua entrega total, lo cual implica un para siempre y un solo tú. El amor es "totalizante": o todo o nada. Las condiciones y las restricciones son para el comercio. Éste es el sentido del amor esponsalicio hablando estrictamente. No hay alternativa.

Y el sentido de la celebración propiamente dicha del matrimonio (tanto a nivel civil como canónico) es el de otorgar públicamente este mutuo compromiso ante la sociedad (no es lógico que este compromiso permanezca escondido) y ante el Creador (ya que no nos hemos dado a existencia a nosotros mismos, ni tampoco hemos "inventado" nosotros el amor). Es más, no hay fiesta nupcial sin acto jurídico, en el que el hombre y la mujer se entregan y aceptan mutuamente. Y es que tanto el Derecho como la Fiesta son realidades sociales. Nadie es capaz de celebrar una fiesta por sí solo, prescindiendo de los demás.

Veamos con detalle las características del amor matrimonial. La totalidad degenera en parcialidad -y deja de ser amor- si se pretende una conyugalidad con más de una persona o si interponemos un límite temporal. El amor conyugal no se puede compaginar con la temporalidad ni con la mediocridad. No es posible una declaración plenamente amorosa en la que entre explícitamente una limitación, ya sea en cuanto a la intensidad, ya sea en cuanto a la duración temporal.

Alguien ha dicho que «casarse es entregarse para siempre. En este sentido, es algo tan definitivo como tirarse sin paracaídas: una vez que he saltado, no hay marcha atrás. En cambio, casarse con la posibilidad legal del divorcio es como tirarse con paracaídas: no me abandono plenamente en el otro. No me fío de él, no pongo mi vida totalmente en sus manos».

El lenguaje manifiesta el talante del amor matrimonial: cuando alguien dice "te amo" se entiende que es para siempre, ya que a nadie se le ocurre decir «te amo, pero mientras me seas útil», o «te amo mientras no encuentre otro(a) mejor que tú», o «te amo hasta que me canse», etc. El amor, en sí mismo, tiene vocación de perennidad: los enamorados saben que hay eternidad.

LA DIMENSION SEXUAL

La dimensión sexual. Es evidente que no habría diferenciación sexual en la humanidad si no fuera por la necesidad de tener hijos. Basta con notar que las diferencias que comporta la sexualidad en la especie humana son diferencias que capacitan a la mujer para ser madre y al hombre para ser padre: la distinción sexual apunta a la diversidad madre-padre. En el resto de funciones vitales (nutritiva, automoción, conocimiento sensorial, entendimiento espiritual, voluntad, etc.) mujeres y hombres somos fundamentalmente iguales.

Por lo que respecta a la reproducción, el hombre ha de realizar esta función dirigiéndola con la inteligencia y la voluntad: tenemos hijos para que ellos participen también de la vocación al amor, ya que éste es el destino natural del hombre. Es así como la "reproducción" llega a ser "pro-creación" (generación rodeada de amor); es así como la vida sexual llega a ser también medio de amor.

El amor es la superación de las diferencias hasta llegar a la identificación: justamente la unión sexual de un hombre y de una mujer ha de aspirar a ser la superación (fruto de una entrega total) de la diversidad sexual, con el fin de formar una misma y única vida (desde la "comunión de los cuerpos" hay que alcanzar la "comunión de los espíritus"). Es decir, la diversidad sexual ofrece a la humanidad un camino de expresión de amor profundo, total, íntimo y tierno (cf. curso Ingeniería del Amor II).

Un amor tal se manifiesta congruentemente cuando la pareja vive el compromiso de una entrega total y mutua de sus propias vidas, tanto a nivel espiritual como también corporal. La expresión de este compromiso a nivel corporal pasa por la entrega sexual.

La donación sexual no es como cualquier otro tipo de entrega: es justamente el regalo de mi propio "yo" y de mi intimidad corporal más profunda (recuérdese que el cuerpo es parte de mi yo y que no es un simple instrumento al servicio caprichoso de mi libertad). Esto nos permite afirmar que la entrega sexual tiene plenitud de sentido cuando se realiza como confirmación corporal de la total donación espiritual al cónyuge.

La función sexual tiene un algo que le es del todo peculiar y que hace que pueda ser expresión de amor, pero de una manera muy distinta a todas las demás manifestaciones amorosas. En concreto, la entrega sexual supone un dar la intimidad corporal sin reserva, y lo lógico es que tenga lugar dentro de un ámbito de donación sin reserva (la institución matrimonial): dar el cuerpo sin haber dado la vida entera sería un "fraude": sería dar mi "yo" (corporal) sin dar mi "yo" (espiritual).

MATRIMONIO Y SEXUALIDAD

Matrimonio y sexualidad. Las características de compromiso de «exclusividad» (de uno con una) y de «totalidad» (para siempre), que definen al matrimonio, hacen de esta institución el único ámbito en que es posible realizar plenamente el bien que le es propio a la sexualidad humana. La sexualidad no es algo puramente biológico, sino que mira a la vez al núcleo íntimo de la persona. El uso de la sexualidad como donación física tiene su verdad y alcanza su pleno significado cuando es expresión de la donación personal del hombre y de la mujer hasta la muerte.

De lo dicho, podemos deducir que en la especie humana la sexualidad incluye una doble bondad (o un doble bien):

Primero: la sexualidad es medio de íntima comunicación interpersonal ("aspecto unitivo"), elemento que se hace posible por la exclusividad que es propia de la entrega sexual.

Segundo: la sexualidad es el medio para poner las condiciones necesarias para la venida de una nueva vida ("aspecto procreativo") y la posterior educación de esta vida nueva, cuyo buen término y continuidad sólo se garantizan gracias al "para siempre"

Esta doble bondad de la sexualidad humana (unión y procreación) sólo es acogida totalmente cuando su ejercicio se realiza dentro del matrimonio. Y esto por dos motivos.

Por un lado, porque -como se ha dicho- el ejercicio de la sexualidad mira de manera natural a la procreación de los hijos, y esta función va seguida de un largo proceso de educación en el amor, lo cual exige un ambiente de amor, es decir, un ambiente de entrega total y exclusiva, lleno de afecto y confianza. En definitiva, la sexualidad pide un "para siempre".

Por otro lado, también hemos señalado que dar el cuerpo en el ejercicio de la sexualidad es para el hombre darlo todo (no es como dar de comer o hacer reír a los otros), ya que la sexualidad implica -afecta- profundamente a la totalidad de la persona (la sexualidad no es una simple cuestión mecánica, técnica o funcional). Entregarse sexualmente es entregar todo el yo: física, psicológica y existencialmente. En definitiva, la sexualidad también exige una exclusividad.

El "para siempre" y la "exclusividad" son justamente las características propias del matrimonio.

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